No pude acudir antes de las 18.00 a la cena a la que estaba invitado así que me lo tomé con calma. No era una cena danesa aunque sí que era a una hora danesa. Fue uno de esos días que sales y pasan cosas que recuerdas a posteriori con algo de morriña: alguno de tus amigo va bastante borracho e intenta ligar con todas las chicas del bar, (con algunas consigue hasta besarse). Otro que está muy borracho en la Estación Central recibe una llamada que le hará buscar al grupo en lugar de irse a casa como pensaba.
El último local de ocio fue un after petado dónde estuvimos en las trincheras si el conato de pelea llega a fructificar.
El último "garito" fue la casa en reforma de una rubia que conocimos una hora antes y que desinteresadamente se ofreció a dejarnos dormir en su salón porque le caímos simpáticos (un italiano y dos españoles borrachos...). Cosas muy raras para estas latitudes.
Pero lo mejor de todo fue levantarse al día siguiente a las doce y salir de la casa con un tiempo ideal, sin viento, sin nubes, con unos 15 grados que invitaban a disfrutar del día en un parque o en los lagos de la ciudad, donde con suerte se puede encontrar un asiento en un banco bien orientado y disfrutar del día con la resacosa compañía de tus amigos.
Estaba disfrutando hasta la última pizca de sol, las sonrisas de la gente que paseaban por los lagos, el olor a porro que venía y se iba de vez en cuando... Y entonces apareció ella. Una desconocida que aprovechando uno de los huecos del banco se sentó cerca nuestro. Una desconocida con la que entablé conversación. Una desconocida con la que intercambié números de teléfono. Una desconocida que me dejó hechizado y con ganas de saber más de ella, de disfrutar de su compañía, de hablar de esto y de lo otro, de que me diera oportunidad de conocerla, de enamorarla, de besarla en un descuido y ver ( o sentir) su reacción... ¿Será este un fin de semana para recordar?