Me gustan los días grises y lluviosos y no sé por qué.
Llueve, el tráfico se atasca en las salidas y las entradas y la gentese aglomera en el metro que, aunque inundándose progresivamente, consigue llegar puntual.
Tal vez sea por el penetrante olor a tierra húmed que impregna el ambiente cuando paseas por cualquier parque de la ciudad. Los pájaros cobijados y silenciosos aguantando el frío lo mejor que pueden, las hormigas escondidas en lo más recóndito de su hormiguero, y por supuesto, las gotas de lluvia que se posan sobre nosotros, los desparaguados, con delicadeza, casi masajeando nuestro cuero cabelludo, dándonos la oportunidad de liberarnos por un momento de todas las preocupaciones que tenemos en la cabeza: dónde estaré el año que viene, en qué trabajaré, cómo viviré… o idealizarlas: tendré un trabajo en condiciones que me permitirá elegir una acogedora vivienda y podré organizar mi vida...
Tal vez sea porque ayer fue un día de esos. El cenit llegó por la tarde tras regresar del parque. Las oscuras nubes que cubrieron el cielo tan rápidamente como el viento que las empujaba barruntaban una gran tormenta. Relámpagos, centellas, rayos y truenos. Sentado al lado de la ventana de mi habitación no podía quitar ojo al tremendo espectáculo que me brindaba la naturaleza. A mí y a todo aquel que estuviera dispuesto a disfrutar de aquel momento tan mágico. Apenas me dio tiempo a cerrar la ventana cuando el viento empezo a zarandear los árboles y chocar contra todo.
Podría pasarme horas y horas mirando a través del cristal, pensando, dejándome llevar por la melancolía, pero la noche marcó el final.
Cené con la certeza de que mañana, con suerte, sería parecido.
Me gustan los días grises y lluviosos y aún no sé por qué.
Llueve, el tráfico se atasca en las salidas y las entradas y la gentese aglomera en el metro que, aunque inundándose progresivamente, consigue llegar puntual.
Tal vez sea por el penetrante olor a tierra húmed que impregna el ambiente cuando paseas por cualquier parque de la ciudad. Los pájaros cobijados y silenciosos aguantando el frío lo mejor que pueden, las hormigas escondidas en lo más recóndito de su hormiguero, y por supuesto, las gotas de lluvia que se posan sobre nosotros, los desparaguados, con delicadeza, casi masajeando nuestro cuero cabelludo, dándonos la oportunidad de liberarnos por un momento de todas las preocupaciones que tenemos en la cabeza: dónde estaré el año que viene, en qué trabajaré, cómo viviré… o idealizarlas: tendré un trabajo en condiciones que me permitirá elegir una acogedora vivienda y podré organizar mi vida...
Tal vez sea porque ayer fue un día de esos. El cenit llegó por la tarde tras regresar del parque. Las oscuras nubes que cubrieron el cielo tan rápidamente como el viento que las empujaba barruntaban una gran tormenta. Relámpagos, centellas, rayos y truenos. Sentado al lado de la ventana de mi habitación no podía quitar ojo al tremendo espectáculo que me brindaba la naturaleza. A mí y a todo aquel que estuviera dispuesto a disfrutar de aquel momento tan mágico. Apenas me dio tiempo a cerrar la ventana cuando el viento empezo a zarandear los árboles y chocar contra todo.
Podría pasarme horas y horas mirando a través del cristal, pensando, dejándome llevar por la melancolía, pero la noche marcó el final.
Cené con la certeza de que mañana, con suerte, sería parecido.
Me gustan los días grises y lluviosos y aún no sé por qué.
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